Conmover y llorar son los verbos que, en mi caso, mejor definen esta película. La vi por vez primera hace casi 6 meses, en un momento muy cambiante y doloroso de mi vida personal, y reconozco que durante los 125 minutos de su duración no hice más que llorar a solas aprovechando la complicidad que me ofrecía la sala de cine. Lloraba no sólo por la valentía con la que ese hombre, magistralmente interpretado por Javier Bardem, se atrevía a defender su derecho de decidir cuándo morir sino porque, además, me removió mis recuerdos más profundos. La imagen de mi mamá cansada de batallar contra un cáncer maldito y mortal, sentada a la orilla de su cama y apoyando sus brazos sobre la andadera, me confirman que no hay derecho -terrenal ni divino- a sufrir en vano. En ninguna circunstancia. Pero menos aún cuando la salud se quiebra y el destino se empeña en regalarte días innecesarios. Aunque sé que mi mamá debía vivir hasta el día que decidió dejar este plano para convertirse en mi ángel más fiel, también creo que mucho sufrimiento y agotamiento -tanto para ella como para nosotros- se hubiese evitado si la eutanasia fuese una opción para el enfermo terminal. Ahora, cuando acabo de llegar de Venezuela y rezo porque el cuerpo de mi tía Nena -hermana de mi mamá- se rinda finalmente ante el cáncer, la opción de la eutanasia me resulta una esperanza.

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